Fueron ocho orgasmos rotos, derramados por el suelo de esa habitación vacía. No quedaban ni los fantasmas cuyos rastros se acabaron apenas entré. Una disculpa escrita en un papel blanco, la tinta era negra, la letra poco clara. Podía sentir el cansancio, la extenuación. Imaginé los cuerpos nuestros que ya no existían, fosilizados en mi sangre. Nunca más habrá una palabra. Había tantos pedazos, sin embargo, todo intacto. No quedaba nada. Te habías ido una vez más y para siempre. Ya no volverás a estar cansada ni sola ni triste.

Miro esta noche caída y hay algo claro que me invade y no me esfuerzo en reconocer. Tomo cada una de esas ocho luces y les digo adiós susurrándoles al oído que vayan junto a ti. Sin ti ninguna tendría ese hermoso rostro que les diste, niña, y las añoro, te añoro.

Esta noche me deshice del cuerpo de una mujer fantasma de ocho luces. No quedan rastros ni sus sombras. Alguna vez confesaré lo absoluto y yaceré, pero no es esta la noche. Una semilla surgirá pornto, incluso, antes de este amanecer. Ahi estaré yo todavía y nuevamente otro cadaver surgirá con flores en su cabello, será hermoso, de eso estoy seguro. Las noches tienen rostro de hombre enceguecido. Las gaviotas pueden comércelo todo en confabulación con las madrugadas del olvido y del llanto. Alguna vez volveré a verlas a todas y ya no habrá salida. No podré escapar. No podremos hacerlo. La jaula dorada brillará con nosotros dentro. Todo será terriblemente hermoso.

Me dijiste que te podías enamorar de mi pena y te fuiste corriendo llorando por ese pequeño pasillo conocido y era verdad, te podías enamorar de ella, que alguna vez fue la tuya. La misma pena con otros matices, quizá, pero, pero… Nada. Ya está hecho. Te ibas mientras me aferraba a uno de tus rizos que mantuve alrededor de un dedo, que te quité cuando no te dabas o fingías no darte cuenta.

Corrías pequeña niña sin uno de tus preciosos rizos. Ninguna lloraba más que la otra. Ninguna llorará másque la otra. Me lo prometí, aunque, esa promesa valiera tan poco en otro lugar fuera del pasillo y el semicírculo en donde me dejabas y te alejabas sin uno de tus rizos.

Y qué puedo decir ahora si tú lo has dicho todo o casi y de tan buenas maneras que yo no me creo capaz de darle forma a eso que parece no has dicho.

No guardo ningún silencio, hablo, dejo a la más pequeña de mis proyecciones ser parte de este teatro. El resto está guardado en esa caja opaca al fondo del límite incierto hacía el abismo, la locura y el delirio. Ninguna incapacidad, lo sé, lo sé. Eso es seguro, pero no queda más que decir. Sencillo. Hay que recogerse como la siembra con otro nombre. Hubo alguna vez semillas, ahora son como muchachas, algunas más atractivas que otras, pero todas pueden despertarte en una noche como esta, con una o dos copas de más. Cierras los ojos y te dejas llevar. Puedes imaginar a la pelirroja que quieras, a la millonaria que quieras, a la hija de su padre que quieras. Todas las muchachas-semillas-espanto al final sirven para tus propósitos de una sola noche. Una. Porque el espejismo tiene que hacerse parte de esta corta dimensión, en que las casas confortables no se levantan solas y alguién tiene que poner lo suficiente para eso, pagar por ellas. Ninguna de las sombras-semillas-cosechas podría pagar la enorme casa con la que sueñas.

Quizá, cuando tengas cincuenta años y estés solo y deforme y viejo y tengas más deudas que recuerdos alguna de ellas se haga real, más que un melancólico espejismo rojo y puedas decidirte a decirle que se quede. Abrirás por primera vez los ojos y le dirás quédate, cuando ya no te queden más que migajas de vida. Todo estará muy bien. Era lo que tenías que hacer después de todo. Ofrecer tu vida en función de casas políticamente correctas.

Me traes que me matas, encanto. Dulzura, dulzura, dulzura. Me traes llorando cada noche desde hace tantos años. Te conozco desde siempre, sin embargo, cambias para que puedas doler de diferentes modos. Ya sabes “cualquier estímulo constante deja de ser un estímulo”, dijo el indiecito gordo.

Así qué, esta noche somos tú y yo. Como todas las noches, sólo tú y yo y este destripamiento y estas lagunas saladas que sólo te provocan risa. Dices que soy patética y ya no quiero pelear pero te miro. Te miro y recuerdo a Rimbaud, entonces, te siento en mis rodillas. Eres tan liviana que das pena. Pienso que debería alimentarte mejor. Dejar de llorar y alimentarte. No sé qué te gusta. Tantos años y no sé qué comes. Me comporto como mi madre. Par ella soy esto que tú eres para mí. El porqué me siento tan violenta. Tan sol… Perdón, casi digo tu nombre. Dijiste que nada de nombres. Lo sé, lo sé. Pero es tan difícil no hacerlo, eres mi palabra favorita. Eres mi persona favorita. Sin ti sería sólo otra barbie sudando plástico. Tú me haces dura, cariño. Me haces reconocible desde el espacio.

Y estás ahi inmóvil, presa de la autocompasión. Te has roto la mitad de la cara como siempre que caes en desesperación silenciosa. Manchas de sangre que dejan tus dedos. Eres incapaz de levantarte del sillón. No lloras. Te duele la cara y el corazón es un alfiletero en este momento. Piensas en la botella que está en la cocina como una forma de borrarte. Pero, el esfuerzo que debes hacer se torna demasiado grande y estás a punto de desarmarte. De todos modos, sabes que terminarás ebria, sola, en ese mismo sofá como las tres últimas noches. Así que es cosa de esperar. Pronto ya no lo estarás tanto. Cuando seas un desastre y vengan a decirte de diferentes formas que lo eres. Una puta salvaje, loca y alcohólica.

A Víctor
Feliz cuarto de siglo
Quedaste fuera de los dominios de Lautréamont

Y es que cierro los ojos y escucho tu risa
Tu risa de niño, dulce, muy dulce.
Estás jugando con el perro, cariño.
Tu risa.
Y es que está lejos y ya no es de niño.
Tu risa que sacude en este recuerdo
y que es más grande que yo y que tú
y ese nosotros que ya no existe.
ese nosotros que ya no me atrevo a soñar pero que sueño
y vibro volviendo a tener ganas de cruzar un océano o dos o tres.
Me aferro a tu risa que está intacta en varias partes de mi, en varias.
Me aferro a tu risa intacta porque algo que hace dos minutos moría ya no.
ya no quiere otra cosa que oir tu risa.

“Casémonos” le dijiste en un arranque mezclado con las pastillas que le robaste a tu madre un día en que fuiste a visitarla. Él estaba a punto de irse. Cerraría esa puerta para no volver a verte, en teoría. Esa era la idea, no volver atrás con esta historia que ya no resultaba, que había dejado de resultar o que quizá nunca resultó pero que continuó a pesar de varias alertas que él te había dado respecto a tantas cosas que era, que no era y por sobre todo que quería ser y le costaban porque no era fácil salir de noche a triturarse el pensamiento en camas donde gritaba eso que no podía conmigo o que podía a medias, o sea, que no podía, definitivamente no podía. Una historia que a pesar de todo aún continúa, un sin sentido tremendo pero con un trasfondo sólido, inexplicable. Se llevaba en un bolso de gimnasia todo eso que se podía ver, se podía tocar, lo material. Todo menos algunos libros, y esas sombras que todavía guardo aunque no quiera, aunque les pida que se vayan las aferro con otras manos que también son dos tuyas y esto es un nudo armónico de notas estrepitosas, incautas, divinas. holy, holy.

Y dormir por el miedo a la soledad constante, clara. Los ejercicios vacíos que empeñan la llegada de los días con menos o más sentido. El querer disminuido cada momento que pasa. Va quedando un hueco tras otro. Soy la mujer queso, la mujer piedra pómez, la mujer que está definitivamente perdida por contexto. Sin el sexo, con él, con todo él chorreando por los sentidos que decantan en una puntada en el estómago, que es una seguidilla de arcadas que son mi respirar entrecortado y mi habitación vacía. Sencillamente no sé qué hacer. Si ir o no a tu casa ese día, esa noche. Si te abro mi puerta temprano. Si te dejo solo mientras tu arcada, parecida a la mía, la llama y se atraen, pero nomás se atraen. No se salvan. Te llevas tu cabeza que acariciar. Me llevo ese punto que detenía nuestra carrera a la nada.

Y llamando al delirio me abrigo más allá de la inconstancia de tus pasos. Me limito a decirte adiós y todo seguirá como hasta hoy un par de horas atrás. Con las mismas ganas rotas de querer no haberte conocido, Oscar, de no haberme inundado alguna que otra vez de algo que sabías decir perfectamente, pero de lo que no te enterabas. Eres tan necio.

Algo estallará pronto, lo huelo. el aire está manchando de arcilla. De lo básico, de tu punta de hierro fláccida entre los cojines de tu cama. Llamándola a ella, a tu Caliope, la muñeca rubia. Y un recuerdo como aguja se cuela a través de tu deteriorado cerebro.

El cuervo susurra:

- Amo, eres el mejor en lo peor- te decía la putita electrónica, Oscar, y mojándose con saliva sintética los labios sabor a juguete plástico navideño te lo volvía a repetir – amo, eres lo mejor en lo peor, eres tan caliente, eres tan malo, la tienes tan dura… Y tú, Oscar sólo querías apagarla. Cerrar el programa que le habías configurado para que dijera ese montón de porquerías que tanto te calientan, pero no podías pararla antes de los treinta minutos con que habías preestablecido al VIRGINSUICIDES-VII, el último programa lanzado por MRCOMPUTERS CO para sublimaciones sexuales, errores de la versión beta. Treinta minutos es lo que te demoras por lo general en tenerla dura, pero esa noche nada más pensabas en tirártela, así, de sopetón. Las cosas habían marchado tan bien ese día, no tenías la constante sensación de fracaso que sueles cargar. Ese fracaso de indiecito que te corre por las venas y que recuerdas cada vez que miras tu rostro en el espejo y que también ves en los ojos de las personas cuando te cruzas con ellas por la calle.

-Querida Calíope algún día vendrán todas a cortarse el cuello por mi, le decías a la muñeca, mientras le acariciabas el pelo. Una larga y fría caballera rubia.

Así te gustaban las nenitas, Oscar el indio. Jamás pudiste hacerte de la pendejita cuica y hermosa con la que empezaste a soñar apenas pudiste tras los largos sermones de tu padre acerca de tu condición de niñito adoptado. Sus constantes lamentos por no haber podido adoptar a otro. Tuvo que seguir los caprichos de tu madre o madrastra, que tenía la idea fija de críar al niño de una indígena boliviana que había conocido en uno de sus viajes al norte, ella y sus desvarios de cuiquita intelectual y se murió tan pronto dejándote al cuidado del gran pez que te odiaba y que tu odias, aunque él también murió hace ya varios años.

Cuando el capitán de la nave les preguntó cómo habían podido sobrevivir, uno de ellos dió un paso al frente y contó una larga historia que había sido transmitida generación tras generación a lo largo de un tiempo difícil de precisar. Ya no eran años los encargados de determinar las edades. Ellos no sabían lo que era un día, una noche. El sol había dejado de existir, aunque siguiera brillando allá fuera. Ellos se olvidaron un día de necesitarlo y su mundo estaba albergado dentro de ese túnel que daba vueltas y se ramificaba a lo largo de un espacio finito.