“H 8 is the one for me
It gives me all I need
And helps me co-exist with the chill
You make me sick because I adore you so
I love all the dirty tricks
And twisted games you play on me”
- Space Dementia – Muse
En alguna parte un niño emite un silbido sordo, apenas audible. Muere de miedo por volver a estar solo. Comprimiéndose a la pared se da pequeños golpecitos. Uno, dos tres, y otra vez, uno dos tres. La muralla en contra, la sequedad y el vacío del golpe.
Oscar estaba muriendo de miedo porque volvió a perder el control. Volvía a permitirle a la soledad colarse por las ranuras de su desventilada habitación. Le dolía porque no quería nuevamente enfrentarse al niño. No quería ver otra vez a ese que aparecería cuando se observe en el espejo. Dolía, porque una reacción química le llevaba a perder el control y ser lo que realmente era. Lo nítido mostrado a los ojos equivocados. El ciego de ojos abiertos que sólo encuentra un poco de paz después de haber perdido todo lo que logró conseguir alguna vez. Todo lo que le produjo la calidez que ahora añora.
Ella ya no está y los recuerdos desfigurados contribuyen a tornar más grave la situación. Tan sólo se estaba permitiendo ser un niño malcriado y desfigurar el mundo a sus medidas, bajo sus deseos, que no sabía muy bien cuales eran, tampoco si eran suyos. Una suerte de impulsos. A la suerte de éstos. Simplemente una lengueteada a cada uno de los sabores que la vida pudiera darle. La madera, la tierra, la entrepierna de un hombre o de una mujer. Cualquier cosa que se le pusiera por delante o que se le ocurriera poner por delante. Todos montones de juegos y los quería jugar absolutamente todos. Sin saber de donde sacar el tiempo. Un acto de valentía, seguramente, pero los valientes encajan bajo otros perfiles…
- Estás condenado, muchacho, estás jodidamente condenado. Eres tu propia humillación- Una voz desde el fondo de él mismo reía y le decía estas palabras. Las risas se oían cada vez con más fuerza, retumbando, la caja casi en trizas por las carcajadas atroces que emitía desde un punto cada vez más bajo.
Oscar sonríe. Le obligan a hacerlo, se obliga a hacerlo. Se obliga a seguir sin distancia los por menores, a someterse cada vez más fácilmente a las indicaciones que son capaces de repartir. El mundo entero y los que le sobran.
<<Dime que vas a estar cuando regrese esta noche y promételo sólo de a una que te quedarás a mi lado. No puedo permitirme más proyecciones, ni a ti. Quizá sea injusto que te use aunque ya lo sepas todo, aunque sepas que te estoy usando. No es justo, pero desde aquí no se vislumbra ningún adulto, y los ratos de esparcimiento, en los que evocamos viejas figuras ancestrales no sirven como para dejar en claro los roles>> Recuerda Oscar en trance. Sus labios incapaces de hacer ni el menor movimiento. Recordaba a Julia y lo que le dijo hace un tiempo. Las palabras que no pudo callarse pero que no dijo todas.
Ninguna persona que le viera diría que Oscar era capaz de formular ese tipo de pensamientos. Su apariencia era lamentable. un hilo de saliva corría por la fisura de su boca.
“Vamos construyendo un laberinto y perdiéndonos en él. Somos unos pendejitos tontos y nos vamos a hacer daño. Nos vamos a reventar de dolor. Vamos a llegar tan lejos tras el impulso, tras el golpe. Nos vamos a desarmar y a dejar completamente irreconocibles. Seremos escoria humana. Habremos deseado estar en manos de Hitler en lugar de las nuestras” – Le respondió ella la siguiente noche mientras dormían.
Ningún rezo, ninguna oración que brinde consuelo. Ya está todo hecho, las cartas tiradas y la orilla desde la que nos lanzamos está demasiado lejos como para nadar de regreso. <<Esta vez hazlo bien fuerte> > . Recibía una nueva instrucción desde su abismo.
Llenándose de pena. Se oye un grito terrorífico desde el fondo. Desde donde nadie jamás podrá escuchar. Desde donde las apariencias se guardan y las lágrimas son absorbidas por hadas diminutas, hadas corruptas y llenas de pecas que segregan un líquido mohoso, verde y azulino. Desinfecta e infecta a la vez. Nada es gratuito. Tú les entregas los mejores años de tu vida para que hagan sus experimentos, para ver como reaccionamos ante sus impulsos. Les gustamos, tú y yo les gustamos porque somos escamosos y duramos demasiado. Han creído perdernos un par de veces, nos hemos alejado de su radar por algunas horas pero volvemos. Resilientes.
El chico terminó de extraviarse. Lo encontraron semanas después muerto. Aferra una nota en una de sus manos que ya están frías.

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