Y dormir por el miedo a la soledad constante, clara. Los ejercicios vacíos que empeñan la llegada de los días con menos o más sentido. El querer disminuido cada momento que pasa. Va quedando un hueco tras otro. Soy la mujer queso, la mujer piedra pómez, la mujer que está definitivamente perdida por contexto. Sin el sexo, con él, con todo él chorreando por los sentidos que decantan en una puntada en el estómago, que es una seguidilla de arcadas que son mi respirar entrecortado y mi habitación vacía. Sencillamente no sé qué hacer. Si ir o no a tu casa ese día, esa noche. Si te abro mi puerta temprano. Si te dejo solo mientras tu arcada, parecida a la mía, la llama y se atraen, pero nomás se atraen. No se salvan. Te llevas tu cabeza que acariciar. Me llevo ese punto que detenía nuestra carrera a la nada.