Me dijiste que te podías enamorar de mi pena y te fuiste corriendo llorando por ese pequeño pasillo conocido y era verdad, te podías enamorar de ella, que alguna vez fue la tuya. La misma pena con otros matices, quizá, pero, pero… Nada. Ya está hecho. Te ibas mientras me aferraba a uno de tus rizos que mantuve alrededor de un dedo, que te quité cuando no te dabas o fingías no darte cuenta.

Corrías pequeña niña sin uno de tus preciosos rizos. Ninguna lloraba más que la otra. Ninguna llorará másque la otra. Me lo prometí, aunque, esa promesa valiera tan poco en otro lugar fuera del pasillo y el semicírculo en donde me dejabas y te alejabas sin uno de tus rizos.