Fueron ocho orgasmos rotos, derramados por el suelo de esa habitación vacía. No quedaban ni los fantasmas cuyos rastros se acabaron apenas entré. Una disculpa escrita en un papel blanco, la tinta era negra, la letra poco clara. Podía sentir el cansancio, la extenuación. Imaginé los cuerpos nuestros que ya no existían, fosilizados en mi sangre. Nunca más habrá una palabra. Había tantos pedazos, sin embargo, todo intacto. No quedaba nada. Te habías ido una vez más y para siempre. Ya no volverás a estar cansada ni sola ni triste.

Miro esta noche caída y hay algo claro que me invade y no me esfuerzo en reconocer. Tomo cada una de esas ocho luces y les digo adiós susurrándoles al oído que vayan junto a ti. Sin ti ninguna tendría ese hermoso rostro que les diste, niña, y las añoro, te añoro.

Esta noche me deshice del cuerpo de una mujer fantasma de ocho luces. No quedan rastros ni sus sombras. Alguna vez confesaré lo absoluto y yaceré, pero no es esta la noche. Una semilla surgirá pornto, incluso, antes de este amanecer. Ahi estaré yo todavía y nuevamente otro cadaver surgirá con flores en su cabello, será hermoso, de eso estoy seguro. Las noches tienen rostro de hombre enceguecido. Las gaviotas pueden comércelo todo en confabulación con las madrugadas del olvido y del llanto. Alguna vez volveré a verlas a todas y ya no habrá salida. No podré escapar. No podremos hacerlo. La jaula dorada brillará con nosotros dentro. Todo será terriblemente hermoso.