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Me traes que me matas, encanto. Dulzura, dulzura, dulzura. Me traes llorando cada noche desde hace tantos años. Te conozco desde siempre, sin embargo, cambias para que puedas doler de diferentes modos. Ya sabes “cualquier estímulo constante deja de ser un estímulo”, dijo el indiecito gordo.
Así qué, esta noche somos tú y yo. Como todas las noches, sólo tú y yo y este destripamiento y estas lagunas saladas que sólo te provocan risa. Dices que soy patética y ya no quiero pelear pero te miro. Te miro y recuerdo a Rimbaud, entonces, te siento en mis rodillas. Eres tan liviana que das pena. Pienso que debería alimentarte mejor. Dejar de llorar y alimentarte. No sé qué te gusta. Tantos años y no sé qué comes. Me comporto como mi madre. Par ella soy esto que tú eres para mí. El porqué me siento tan violenta. Tan sol… Perdón, casi digo tu nombre. Dijiste que nada de nombres. Lo sé, lo sé. Pero es tan difícil no hacerlo, eres mi palabra favorita. Eres mi persona favorita. Sin ti sería sólo otra barbie sudando plástico. Tú me haces dura, cariño. Me haces reconocible desde el espacio.
Y llamando al delirio me abrigo más allá de la inconstancia de tus pasos. Me limito a decirte adiós y todo seguirá como hasta hoy un par de horas atrás. Con las mismas ganas rotas de querer no haberte conocido, Oscar, de no haberme inundado alguna que otra vez de algo que sabías decir perfectamente, pero de lo que no te enterabas. Eres tan necio.
Algo estallará pronto, lo huelo. el aire está manchando de arcilla. De lo básico, de tu punta de hierro fláccida entre los cojines de tu cama. Llamándola a ella, a tu Caliope, la muñeca rubia. Y un recuerdo como aguja se cuela a través de tu deteriorado cerebro.
El cuervo susurra:
- Amo, eres el mejor en lo peor- te decía la putita electrónica, Oscar, y mojándose con saliva sintética los labios sabor a juguete plástico navideño te lo volvía a repetir – amo, eres lo mejor en lo peor, eres tan caliente, eres tan malo, la tienes tan dura… Y tú, Oscar sólo querías apagarla. Cerrar el programa que le habías configurado para que dijera ese montón de porquerías que tanto te calientan, pero no podías pararla antes de los treinta minutos con que habías preestablecido al VIRGINSUICIDES-VII, el último programa lanzado por MRCOMPUTERS CO para sublimaciones sexuales, errores de la versión beta. Treinta minutos es lo que te demoras por lo general en tenerla dura, pero esa noche nada más pensabas en tirártela, así, de sopetón. Las cosas habían marchado tan bien ese día, no tenías la constante sensación de fracaso que sueles cargar. Ese fracaso de indiecito que te corre por las venas y que recuerdas cada vez que miras tu rostro en el espejo y que también ves en los ojos de las personas cuando te cruzas con ellas por la calle.
-Querida Calíope algún día vendrán todas a cortarse el cuello por mi, le decías a la muñeca, mientras le acariciabas el pelo. Una larga y fría caballera rubia.
Así te gustaban las nenitas, Oscar el indio. Jamás pudiste hacerte de la pendejita cuica y hermosa con la que empezaste a soñar apenas pudiste tras los largos sermones de tu padre acerca de tu condición de niñito adoptado. Sus constantes lamentos por no haber podido adoptar a otro. Tuvo que seguir los caprichos de tu madre o madrastra, que tenía la idea fija de críar al niño de una indígena boliviana que había conocido en uno de sus viajes al norte, ella y sus desvarios de cuiquita intelectual y se murió tan pronto dejándote al cuidado del gran pez que te odiaba y que tu odias, aunque él también murió hace ya varios años.
M tiene ganas de trabajar la tierra, de ser temporera aunque le tema a las serpientes. Tiene ganas de quedar sucia de polvo y sudor. De acostarse en la noche cansada, con el cuerpo doliente y latiendo por el esfuerzo y también por el sol.
Tiene ganas de escapar bien lejos, donde nadie la conozca, donde ella por sobre todo deje de conocerse (de intentarlo) y pedirse cosas que no quiere. En realidad M tiene ganas, y esto lo digo bien bajito, para que no escuche, para que no se boicotee, en realidad de lo que ella tiene ganas es de dejar de ser lo que está siendo (y haciendo) en estos momentos y convertirse en cualquier cosa, por probar, el cambio por el cambio. El cambio.
Geist está enojada con medio mundo, casi literalmente, casi casi, menos mal. Siente que su corazón ha pasado por el filo de un cuchillo carnicero, que se lo han fileteado despacito con habilidad y que lo han dejado en el mismo lugar luego de la maniobra. Tiene la sensación de carne molida corazón bajo la piel, cerca de las tetas, por debajo de éstas y no puede hacer mucho al respecto, nada más esperar, tomar aire despacito para que no le duela, cuidarlo como a un enfermo cardiáco (risas) y esperar a que un buen día el músculo vuelva a tornarse más o menos una pieza, recupere fuerzas, recupere ganas. Recuperarse corazón, que deje de importarle el choque, la traición. El accidente que lo dejó enfermo, frío, húmedo, viciado.
Tegualda: De echar de menos dijiste que no hablarías, zorrita.
Teófila: No lo estoy haciendo.
Tegualda: Pero lo estás pensando.
Teófila: Es cierto, lo estoy pensando y lo estoy sintiendo, ¿y?.
Tegualda: ¿A quién extrañas?. Apostaría a que no lo sabes.
Teófila: No, si esta vez lo sé.
Tegualda: ¿A quién?
Teófila: No quiero decírtelo
Tegualda: Que eres lesa. Dímelo, dímelo, dímelo.
Teófila: Ay, que te burlas de mi si te lo digo.
Tegualda: Que no. Dímelo.
Teófila: La última vez que lo ví tenía un orzuelo, ahora yo tengo un orzuelo.
Tegualda: ¿Y le extrañas por eso?. Estás enferma
Teófila: No, si le extraño de antes, nomás lo acabo de recordar.
Tegualda: Ay, que romántico.
Teófila: Pesado, pesada, no sé cómo decirte. Luces tan friki con esa ropa.
Tegualda: Dime como quieras, amor. Mejor aún, no digas nada, sigue pensando.
Teófila: quizá eso de que inevitablemente le veré en un par de semanas me jode y me tiene desvelada esta noche a las dos am.
Tegualda: jajaja, mi linda, que tú te desvelas hasta porque no te gusta el final de un libro.
Teófila: intoxícate!.
Tegualda: tómate un cafecito. Vamos, hazme más fuerte.
Teófila: Ay, estaría tan bien un café, pero algo de sentido común me queda. Me fumaría algo. ay, que ahora le extraño el doble, fue el mejor dealer que he tenido.
Tegualda: que tú no le echas de menos, tu extrañas la parranda que se montaban juntos.
Teófila: Ay, pero si se estaba poniendo tan fome en los últimos tiempos. Todo un padre de familia. Ya casi no lo reconocía.
Tegualda: Miedosa, miedosa, cobarde, cobarde.
Teófila: Paso de escucharte, mejor pongo algo de los electrodomésticos.
Tegualda: mejor pon algo de Parker y te terminai de cortar las venas.
Teófila: a ti nunca te extrañaré, Tegualda. Lo juro.
Tegualda: Da lo mismo, yo nunca te abandonaré.
Yo hablaría de niñas en zapatos negros de charol que saltan y caen golpeándose las dos rodillas o de niños vestidos elegantemente para ir un día domingo a misa obligados por sus padres.
Yo hablaría de viejitos que andan en bicicleta mientras intentan no pensar en todo lo que ha ocurrido a lo largo de sus vidas, de lo que han hecho y no, de sus cruces, del tiempo en que dejaron de creer, del olvido mismo que recuerdan como una lámina que se incrusta en sus frágiles cabezas quemadas por el sol mientras pedalean hacía ningún lugar en particular. Quizá buscando alguna cara conocida, algún amigo nuevo que hacer, identificándose entre sí con los ojos, pero sobre todo con el corazón.
Hablaría de madres que nunca quisieron serlo. De hijos que no quisieron nacer. De ilusiones y golpes íntimos. De gritos ahogados en un llanto desesperado y húmedo pero a veces seco que hacen eco hasta el final del respiro, de la vida.
Hablaría de amigos que nunca se han perdido del todo y que son sustento, porque han estado desde el inicio de un camino sin saber que lo era. Que encajan a pesar de sus diferentes temples.
hablaría del café. del sexo olímpico. de la masturbación como acto sanatorio. De las pulgas del gato y los autos que hacen ruido las veinticuatro horas. De un ojo bueno y otro malo, de incoherencias varias. de iluminaciones esporádicas. De lo bueno y lo malo de tener a un animal cerca. De órganos sexuales que no tengo, de las cuerdas vocales que no me pertenecen.
De echar de menos hablaría sólo un poco. Un par de líneas asustadas, indignas. De amigos imaginarios ya no hablaría.
De bares inmundos hablaría con propiedad, también de sofisticados lugares en los que se hace rara vez lo mismo pero que se pretende. No se descargan los mismos fantasmas. Los alcoholes son diferentes. Siempre se termina en la calle intentando regresar a casa.
Yo hablaría, yo hablaría.
No puedo ir a casa, le dijo. No puedo ir nunca más allá porque queda muy lejos, porque no hay pasaje de regreso. porque me he obsesionado por primera vez y este es el precio. No regresaré porque ya no puedo. No estoy solo y me detienen y quiero que me detengan. Necesito que lo hagan, porque de lo contrario no habrá valido la pena, habrá sido sólo un evento. Algo momentaneo, lejos de todo esto que estoy sintiendo ahora, que es un vacío y un reconocimiento. Me perdí, morí antes de tiempo, le gane a todo esto, le gané a lo que puedan llamarle Dios y me gané por sobre todo a mi mismo, porque estaba destinado a caer nunca, a respirar bajo un equilibrio que jamás quise.
Y era una cosa de repetir y repetir el momento. Una y otra vez la entrada y la no salida a ese lugar. un círculo infinito hacía abajo. un laberinto. hacía un centro que nomás se podía ver si estabas arriba, si eras el puto dios que lo gobierna todo, que lo entiende todo pero que no baja para darte un susurro de claridad. No está riendo, no sabe cómo hacerlo, hay que tenerlo en cuenta, es un viejo arrepentido y sombrío que nomás entiende lo que hay debajo de él, no lo que está arriba. hay una igualdad en proporciones extrañas.
América después de un rato, que pudieron ser años, se cansó de hacerse las mismas preguntas y quiso extender la mano con la palma hacía arriba y darle el pase a la siguiente personalidad. Estuvo a punto de hacerlo, pero se detuvo. Se detuvo y siguió pensando adolorida, físicamente adolorida, porque todo esto ya producía efectos en la carne, en la pieza objeto que las contenía a todas. Tomó aire, se sentó, se pellizcó el labio inferior con los dedos de la misma mano que había extendido hace un rato, se agarró el pelo con la otra, respiró hondo. Entonces, se dió cuenta que tenía fé, que creía en alguien más, que irremediablemente creía en los demás, a pesar de todo, no podía dejar de creer y tampoco quería irse, pero si cambiar un poco, otro poco, de ahora y para siempre. Como cuando dejó de visitar a su familia, de relacionarse con ellos porque sabía que de otra forma no se iba a curar, nomás se iba a seguir cayendo, se sigue cayendo, no se sanó, pero evolucionó o se transformó. No es esa misma, ahora es América. Nunca dejó de hablarles como en un rito fascista. Odia lo tajante, lo que no tiene vuelta atrás.
América siente que se le han esfumado las palabras, las ideas, que algo se ha detenido y se encuentra seca frente a alguien que ha venido a pedirle explicaciones, una rendición de cuentas.
Quien ha venido le pregunta en un lenguaje propio por qué quiso deshacerse de ella y por sobre todo, le pregunta con fuerza por qué la ha traído nuevamente a este plano cuando no tiene respuestas para nada, que eso se llama retroceder, se llama dar vueltas en círculos, y otro montón de cosas parecidas que nomás sirven para alargar el momento, ya que ambas saben que todo este diálogo es parte de una teatralidad, de un no irse a dormir, de un ser poco práctica, porque nada era como la última vez que ella estuvo aqui siendo parte del latido, haciéndose las preguntas que ahora América debe contestar bajo los rasgos de una personalidad diferente, tener que cargar con la responsabilidad de un cuerpo que no consigue caminar sin asustarse, sin tener pena, ni deja de tener culpa porque no consigue entender el motivo por el que se encuentra pisando con dos pies y no cuatro una tierra indómita…
I
Todos los que conocíamos a Tomás sabíamos que era homosexual. Era algo que quedaba claro desde el primer momento en que se le veía y luego, paulatinamente, mientras se formaba el lazo que fuera, quedaba completamente descartada otra tendencia.
Jugábamos con él a creer lo que quería. A veces era difícil porque se levantaba con más ganas que de costumbre de ser mina y no sabíamos cómo actuar luego de algún gritito o un movimiento demasiado femenino. Lo común era hacer como si nada hubiese pasado o reír.
Ahora que lo pienso, se lo habríamos puesto más fácil a su sicóloga de haberle hecho frente al tema y no haberlo evitado siempre, siempre, siempre. No sé si era por nosotros o directamente por él.
Mis razones me cuesta tenerlas claras. Era su novia y si, es cierto que cuando nos conocimos yo era una mina desequilibrada, un poco ciega y pasotas que le costó darse cuenta del aspecto que tenía el mino que se la estaba joteando. Cuando lo hice, ya pasado el tiempo, habían muchos sentimientos involucrados, le quería como persona más que nada. Como alguien muy parecido a mi . Ahora ni eso tengo claro.
II
Ella es una mina flaca. Sin tetas ni poto. Una muñequita plana. Blanca, transparente y hermosa.
Corrió con su patineta y echó a andar sobre ésta. Llegó cerca de mi y sentí que se me ofreció. Una mirada. Movió el culo y me entusiasmó. Me hizo abrir la boca y dejar de lado esa horrible autocompasión que he cargado durante todo el día.
Pantalón negro ceñido, polera roja. corte de pelo fabuloso.
También me enseñó otras cosas que había olvidado y en ese momento decidí dejar mi deseo de tener alas blancas y pulcras. Olvidé el cielo y el infierno. Me olvidé de mi misma por segundos que reverberaron por todo el parque San Borja… Me voy a clases ahora.
