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Geist está enojada con medio mundo, casi literalmente, casi casi, menos mal. Siente que su corazón ha pasado por el filo de un cuchillo carnicero, que se lo han fileteado despacito con habilidad y que lo han dejado en el mismo lugar luego de la maniobra. Tiene la sensación de carne molida corazón bajo la piel, cerca de las tetas, por debajo de éstas y no puede hacer mucho al respecto, nada más esperar, tomar aire despacito para que no le duela, cuidarlo como a un enfermo cardiáco (risas) y esperar a que un buen día el músculo vuelva a tornarse más o menos una pieza, recupere fuerzas, recupere ganas. Recuperarse corazón, que deje de importarle el choque, la traición. El accidente que lo dejó enfermo, frío, húmedo, viciado.
Yo hablaría de niñas en zapatos negros de charol que saltan y caen golpeándose las dos rodillas o de niños vestidos elegantemente para ir un día domingo a misa obligados por sus padres.
Yo hablaría de viejitos que andan en bicicleta mientras intentan no pensar en todo lo que ha ocurrido a lo largo de sus vidas, de lo que han hecho y no, de sus cruces, del tiempo en que dejaron de creer, del olvido mismo que recuerdan como una lámina que se incrusta en sus frágiles cabezas quemadas por el sol mientras pedalean hacía ningún lugar en particular. Quizá buscando alguna cara conocida, algún amigo nuevo que hacer, identificándose entre sí con los ojos, pero sobre todo con el corazón.
Hablaría de madres que nunca quisieron serlo. De hijos que no quisieron nacer. De ilusiones y golpes íntimos. De gritos ahogados en un llanto desesperado y húmedo pero a veces seco que hacen eco hasta el final del respiro, de la vida.
Hablaría de amigos que nunca se han perdido del todo y que son sustento, porque han estado desde el inicio de un camino sin saber que lo era. Que encajan a pesar de sus diferentes temples.
hablaría del café. del sexo olímpico. de la masturbación como acto sanatorio. De las pulgas del gato y los autos que hacen ruido las veinticuatro horas. De un ojo bueno y otro malo, de incoherencias varias. de iluminaciones esporádicas. De lo bueno y lo malo de tener a un animal cerca. De órganos sexuales que no tengo, de las cuerdas vocales que no me pertenecen.
De echar de menos hablaría sólo un poco. Un par de líneas asustadas, indignas. De amigos imaginarios ya no hablaría.
De bares inmundos hablaría con propiedad, también de sofisticados lugares en los que se hace rara vez lo mismo pero que se pretende. No se descargan los mismos fantasmas. Los alcoholes son diferentes. Siempre se termina en la calle intentando regresar a casa.
Yo hablaría, yo hablaría.
América después de un rato, que pudieron ser años, se cansó de hacerse las mismas preguntas y quiso extender la mano con la palma hacía arriba y darle el pase a la siguiente personalidad. Estuvo a punto de hacerlo, pero se detuvo. Se detuvo y siguió pensando adolorida, físicamente adolorida, porque todo esto ya producía efectos en la carne, en la pieza objeto que las contenía a todas. Tomó aire, se sentó, se pellizcó el labio inferior con los dedos de la misma mano que había extendido hace un rato, se agarró el pelo con la otra, respiró hondo. Entonces, se dió cuenta que tenía fé, que creía en alguien más, que irremediablemente creía en los demás, a pesar de todo, no podía dejar de creer y tampoco quería irse, pero si cambiar un poco, otro poco, de ahora y para siempre. Como cuando dejó de visitar a su familia, de relacionarse con ellos porque sabía que de otra forma no se iba a curar, nomás se iba a seguir cayendo, se sigue cayendo, no se sanó, pero evolucionó o se transformó. No es esa misma, ahora es América. Nunca dejó de hablarles como en un rito fascista. Odia lo tajante, lo que no tiene vuelta atrás.
América siente que se le han esfumado las palabras, las ideas, que algo se ha detenido y se encuentra seca frente a alguien que ha venido a pedirle explicaciones, una rendición de cuentas.
Quien ha venido le pregunta en un lenguaje propio por qué quiso deshacerse de ella y por sobre todo, le pregunta con fuerza por qué la ha traído nuevamente a este plano cuando no tiene respuestas para nada, que eso se llama retroceder, se llama dar vueltas en círculos, y otro montón de cosas parecidas que nomás sirven para alargar el momento, ya que ambas saben que todo este diálogo es parte de una teatralidad, de un no irse a dormir, de un ser poco práctica, porque nada era como la última vez que ella estuvo aqui siendo parte del latido, haciéndose las preguntas que ahora América debe contestar bajo los rasgos de una personalidad diferente, tener que cargar con la responsabilidad de un cuerpo que no consigue caminar sin asustarse, sin tener pena, ni deja de tener culpa porque no consigue entender el motivo por el que se encuentra pisando con dos pies y no cuatro una tierra indómita…
A M le gustan las cosas antiguas o le gustaban, esa es otra de las cuestiones que no tiene muy claras hoy en día. Le gustaban los muebles de la casa de su tía que era como su madre y en la que pasaba mucho tiempo cuando era pequeña, la mayor parte del tiempo. Recuerda el tocadiscos y por sobre todo el tocador que aún conserva en el dormitorio grande, uno que era de su bisabuela, que aún existe pero que ya no se vé como entonces, porque la casa ha ido adquiriendo muebles más nuevos, ajustándose a este tiempo, la decoración más indicada para una vida más práctica, con sabor a instantáneo, a jugo en polvo y los objetos viejos se pierden entre el costoso mueble de la sala principal y combinan porque esa tía tiene buen gusto, pero no alcanza a ajustar las notas que antes sonaban de un modo esperanzador, más acogedor, a pesar de que en ese tiempo los sillones siempre tuvieran fundas blancas protectoras y las sillas del comedor. Todo como de museo, pulcro y hermoso. Ahora hay más cds y menos vinilos, que sólo están de recuerdo, porque el tocadiscos ya no existe, ya no existe.
I
Todos los que conocíamos a Tomás sabíamos que era homosexual. Era algo que quedaba claro desde el primer momento en que se le veía y luego, paulatinamente, mientras se formaba el lazo que fuera, quedaba completamente descartada otra tendencia.
Jugábamos con él a creer lo que quería. A veces era difícil porque se levantaba con más ganas que de costumbre de ser mina y no sabíamos cómo actuar luego de algún gritito o un movimiento demasiado femenino. Lo común era hacer como si nada hubiese pasado o reír.
Ahora que lo pienso, se lo habríamos puesto más fácil a su sicóloga de haberle hecho frente al tema y no haberlo evitado siempre, siempre, siempre. No sé si era por nosotros o directamente por él.
Mis razones me cuesta tenerlas claras. Era su novia y si, es cierto que cuando nos conocimos yo era una mina desequilibrada, un poco ciega y pasotas que le costó darse cuenta del aspecto que tenía el mino que se la estaba joteando. Cuando lo hice, ya pasado el tiempo, habían muchos sentimientos involucrados, le quería como persona más que nada. Como alguien muy parecido a mi . Ahora ni eso tengo claro.
II
Ella es una mina flaca. Sin tetas ni poto. Una muñequita plana. Blanca, transparente y hermosa.
Corrió con su patineta y echó a andar sobre ésta. Llegó cerca de mi y sentí que se me ofreció. Una mirada. Movió el culo y me entusiasmó. Me hizo abrir la boca y dejar de lado esa horrible autocompasión que he cargado durante todo el día.
Pantalón negro ceñido, polera roja. corte de pelo fabuloso.
También me enseñó otras cosas que había olvidado y en ese momento decidí dejar mi deseo de tener alas blancas y pulcras. Olvidé el cielo y el infierno. Me olvidé de mi misma por segundos que reverberaron por todo el parque San Borja… Me voy a clases ahora.
Soñé que el último poco de amor que quedaba en la tierra era utilizado por una amargada mujer para tener un orgasmo masturbándose. Cerraba los ojos y recordaba a su padre.
Soñé con el momento en que mi madre intentó matarme. Esta vez el cuchillo atravesaba el cráneo, pero nada se rompía. Dejé de estar asustada.
Soñé que caminaba por Balmaceda a través del parque Los Reyes, temprano… No iba a trabajar. Sonreía.
No hay punto de equilibrio entre esta histeria, esta locura, este delirio.
Creo que ella no sabe lo que es el exilio, lo que es partir y llegar dando dos pasos a un lugar completamente diferente al que estabas hace un momento. Lo que es abandonarse, porque si no te abandonas te mueres y te mueres en medios términos. Dice que te vas quedando sola, que ya no tienes amigos, que nadie te soporta, que la familia te tiene lástima. Entonces, claro, sí, ella no lo sabe y cualquier explicación que le pudieras dar en este momento resultaría notoriamente pedante y le ofrecería más armas para seguir con esa lista de síntomas que son tu enfermedad indefinida, según su rápido diagnóstico de mina-feliz-con-pololo-estable. Y tú no te arrepientes de las cosas que le acabas de decir: que no piensas, que no tienes memoria, que te crees una hermanita de la caridad, que eres igual a mi tía. Que todo es una maldita solución parche. Que los libros, que la sicología, que observar… ¡Que no vayas a sacar a mi viejo de la comisaría!. Y el sillón blanco sigue en su lugar, ella sentada con restos de lágrimas en la cara, despeinada y triste. tú tratando de dominarte, dejar de ser el desastre que toda esta mañana has sido o desde anoche o desde el viernes, aún así no la calmas, no te acercas, no la abrazas, no dices lindas palabras. No tienes lindas palabras. No sabes quién es.
Una niña bajando por un remolino de cuervos:
Durante las últimas semanas L y X han estrechado su relación y la han hecho pedazos en varias ocasiones, sin darse la mano, simplemente hablando un poco, mirándose a veces, se han ofendido y se han pedido disculpas, se han dicho te quiero pero no se han besado. L cree que no quiere besar a L, no lo piensa mucho, pero cuando se lo ha preguntado la respuesta siempre tiende a la negativa. Ella cree que él es como un niño de los buenos, de esos que alguna vez se encontró en la parroquia que frecuentaba en sus primeros años de vida, en donde jugaba a disfrazarse de la virgen María y representaba ese papel en la misa de navidad. Sabe que pasar el rato tomándose un helado con X es genial, aunque él no hable mucho y tienda a desviar la mirada ya sea por timidez o porque a él le cuesta mirar a los ojos. Entonces, X nunca sabrá el color de los ojos de L, de los que ella también se ha olvidado, que sólo sabe alguna vez fueron grises, también verdes y que en cierta ocasión uno lo tuvo morado por un golpe que un buen hijo de putas le dió.
L, como alguna vez dije, le teme a los fantasmas, por eso tiene siempre varios planes, el abecedario completo, no siempre los utiliza, no siempre puede hacerlo.
Hoy piensa sentada en una cafetería vieja tomando café con leche que un viejito amable le acaba de servir, piensa que lo mejor pudo haber hecho fue dejarse caer de una vez y para siempre hace mucho tiempo, pero esa única vez, y como diosa resucitar. Sin miedo, sin culpa, sin esas ganas, sin el constante castañetear de dientes por la noche y ese frío inexistente que lo cubre y moja todo, pero que no destruye todo, sólo trata y el cuerpo como muro, como roca cercana al mar, hace frente y éste choca y choca y nomás choca, suponiendo que esa es la muerte muchas veces, porque con cada golpe de ola algo se va, una capa delgada se hace una con algo más que ya no es ella y se hace más firme pero más tosca, menos sublime, menos mina para alguien más, menos saber quién chucha eres.
Después de eso guardó la libreta blanca en el bolso negro, le sonrió por última vez a la amabilidad y caminó hacía uno de esos pocos lugares van quedando en Santiago Centro recordando que el mundo allá lejos sigue existiendo y que quizá el renacimiento la espera en algún país no tan lejano como España y que construir casas podría devolverle la vida que ha dejado de tantos golpes en contra de un fastidioso mar en llamas.
