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Ese era otro hombre de los que querían escapar todo el tiempo. Él era otro de los que no tenían vida para nadie más, excepto, para aquellos que les resultaban provechosos. Excusas entrelazándose, dejando tras de si una capa tóxica de olvido y desprendimiento. Era mi padre y hasta hace pocas horas le mantuve forrado en una capa de dignidad, de adjetivos que combinan con esfuerzo y nuevamente el juego de roles, las cartas mezcladas en el suelo. Por supuesto que ella estaba cansada. Harta de llevar el peso de esta vida. Aunque sólo abra los ojos, la asfixia de estar viva le resultaba fatigante.

La madre de la mujer murió cuando ella tenía diecisiete años. Casi uno antes había nacido Julia, una prematura criatura de ojos enormes, que primero fueron grises, luego verdes y ahora, ahora nadie sabe el color de esos ojos. Entonces, en lugar de estar todo mejor, el Caos, el absurdo y necesario caos se acercó amenazante y pronto estuvo tan cerca que no había forma de diferenciarles entre quienes vivían en aquel lugar: la prematura criatura, la madre, la hermana, el abuelo, el padre, la madre muerta y él mismo.

Ella, la madre viva, buscó escapes. Tubos azules y rojos y amarillos, tubos que de dimensiones capaces de albergarla para lograr escapar y transportarse hacía algún lugar que no fuera ese. No importaba el sitio, cualquiera era mejor. Buscaba uno en donde no se encontrara él, ellos, y también un lugar en donde su madre no, de forma oficial, estuviera muerta.

La niña veía a los monstruos del caos rondando la casa, aferrándose a las dimensiones. A veces éste la amenazaba diciendo que aún le era inmune, pero que pronto llegaría el día en que se haría de ella para llevarla a los lugares más oscuros, que le estaba preparando los apartados más terribles del imperio que se estaba construyendo.

El corazón de la niña seguía latiendo a ritmo normal, ya que aunque era cierto lo que decía Caos, no era tiempo de intranquilizarse por las verdades del mundo. Aún él no podía ser más que un lento movimiento distractor para Julia y también era cierto que pronto ella sería su principal víctima.

A pesar de los constantes escapes y distorsiones de los padres, la pequeña pronto tuvo una hermanita, fecundada en alguno de los laberintos, entre los tubos y los asentamientos crónicos del malvado imperio. Hecha de material diferente al de la primera, pero complementarios. Las niñas lograron crear un vínculo capaz de arrullarlas cuando las canciones de cuna no llegaban.

Ambas perdieron casi al mismo tiempo la inmunidad a Caos. Dado que Julia fue prematura el tiempo de entrega de la película protectora fue extendido, había una cláusula en algún lugar del todo estipulando que los espíritus no se podían hacer con las creaturas recién estrenadas, recién envíadas a la tierra.

La soledad se sintió pronto, las carencias familiares, la lejanía de aquellos a los que otros llamaban “madre” o “padre”. Ellas se aferraban una a la otra, a veces servía, muchas veces servía.

Helena, la menor, a pesar de los hechos, creó un vínculo bastante grueso con su padre y éste a veces era capaz de despertar y quedarse entre los vivos un rato, quedarse con su hija. El efecto balsámico duraba poco, lo que la niña podía proporcionarle se disipaba, y él se iba nuevamente, más lejos que la vez anterior y el rebote, el salto desde aquel lugar le devolvía feroz, más explosivo y destructor. Cada día más vulnerable a las sentencias de Caos, el inquilinaje traído a la ciudad en las postrimerías del siglo XX.

Hasta el momento es posible decir que ella, la madre de las niñas, Rebeca, era la principal víctima. Bombardeada por los recuerdos. La imposibilidad de crecer, de acumular años. Ella lo hacía como se acumula agua en un tiesto con agujeros, chorreando. La memoria a corto y a largo plazo sólo utilizada para sostener y traer a flote lo que le producía dolor. La soledad mermada por la reacción corporal que provocan la atracción de los recuerdos podridos. Los hombres haciendo daño, la búsqueda y el escape y en algún momento creer que la salida es convertirse en uno más, en un hombre más y repartir daño, repartir golpes y palabras fuertes, contestatarias, los atributos femeninos esparcidos por el lugar, alimento del caos. Ella marioneta. Estructura de carne manipulada por hilos. Desencajada. Vulnerable y precipitada. Llevaría a cabo una serie de instrucciones que, al oído, Caos le susurraría. Sus hijas el blanco, Julia el principal, porque se la quitaron al nacer, por la interrogación que sus ojos generaban.

Cubierta de odio Rebeca les exigía explicaciones. La caspa de la culpa, la vanidad disipada, el cuerpo teñido de manchas, de huellas. Los partos, el dolor, el asco y la inhibición de la naturaleza del sentir maternal. Las inexistentes ganas de brindar protección. Julia arrebatada y depositada dentro del cubo de cristal. El vínculo estrecho entre ellas, las niñas, y él, lo innegable. El vínculo imperfecto entre ella sumada y él. El trance.

Las historias se construyen aunque los escenarios sean más prácticos o menos. Cuestión de distinciones, de variedad, de tener lo que hay que tener para comparar y asombrarse y luego perder el asombro, la capacidad de asombro, de inmutarse por el dolor, por las heridas, por el sufrimiento ajeno. Algunos de escaparates, otros transeúntes y el reloj se mueve junto a los roles, el desorden mundial, la desigualdad que en algún punto se torna algo más homogéneo o para allá va. La estrella distante, los paralelos y meridianos no son como los que nos enseñaron de pequeños. Pero tampoco es cuestión de permanecer quietos y esperar el turno en silencio.

Las niñas crecían, Rebeca se iba tornando vieja y deforme. Uno de los tubos de escape fue el alcohol que le acercaba a la muerta y a la muerte. Abusando del contenido de las botellas que le protegía por segundos y luego le cobraban caro. Se iba quedando sola, irreversiblemente sola. Tuvo alternativas, no muchas, pero las tuvo. Pudo haber corrido, pudo haber hecho funcionar la máquina, otra, no la salvaje y desequilibrada en que estaba montada ahora. La llave que todo lo abre perdida antes de comenzar la batalla.

De batallas y llaves se ha hablado mucho. En realidad, de tanto se ha hablado mucho y de lo que se ha hablado poco, o no se ha hablado, no sabría yo hacerlo. Así que esta historia es como tantas otras. Hay recuerdos y pequeños simulacros y una casa que todavía existe en la que Julia ya no vive. Hay palabras que se han dicho y otras que se han olvidado, pero las hay, un montón de palabras, dos montones, tres, cuatro, infinidad de montones de palabras puestos uno tras otro en una hilera enorme avanzado lentamente hacía una boca gigante llena de fuego y de a poco se van lanzando. Es de este modo que el olvido existe, porque el olvido es algo que existe, es tan cierto como tantas otras cosas, y tan crónico como un cáncer o el VIH.

“H 8 is the one for me
It gives me all I need
And helps me co-exist with the chill
You make me sick because I adore you so
I love all the dirty tricks
And twisted games you play on me”

- Space Dementia – Muse

En alguna parte un niño emite un silbido sordo, apenas audible. Muere de miedo por volver a estar solo. Comprimiéndose a la pared se da pequeños golpecitos. Uno, dos tres, y otra vez, uno dos tres. La muralla en contra, la sequedad y el vacío del golpe.

Oscar estaba muriendo de miedo porque volvió a perder el control. Volvía a permitirle a la soledad colarse por las ranuras de su desventilada habitación. Le dolía porque no quería nuevamente enfrentarse al niño. No quería ver otra vez a ese que aparecería cuando se observe en el espejo. Dolía, porque una reacción química le llevaba a perder el control y ser lo que realmente era. Lo nítido mostrado a los ojos equivocados. El ciego de ojos abiertos que sólo encuentra un poco de paz después de haber perdido todo lo que logró conseguir alguna vez. Todo lo que le produjo la calidez que ahora añora.

Ella ya no está y los recuerdos desfigurados contribuyen a tornar más grave la situación. Tan sólo se estaba permitiendo ser un niño malcriado y desfigurar el mundo a sus medidas, bajo sus deseos, que no sabía muy bien cuales eran, tampoco si eran suyos. Una suerte de impulsos. A la suerte de éstos. Simplemente una lengueteada a cada uno de los sabores que la vida pudiera darle. La madera, la tierra, la entrepierna de un hombre o de una mujer. Cualquier cosa que se le pusiera por delante o que se le ocurriera poner por delante. Todos montones de juegos y los quería jugar absolutamente todos. Sin saber de donde sacar el tiempo. Un acto de valentía, seguramente, pero los valientes encajan bajo otros perfiles…

- Estás condenado, muchacho, estás jodidamente condenado. Eres tu propia humillación- Una voz desde el fondo de él mismo reía y le decía estas palabras. Las risas se oían cada vez con más fuerza, retumbando, la caja casi en trizas por las carcajadas atroces que emitía desde un punto cada vez más bajo.

Oscar sonríe. Le obligan a hacerlo, se obliga a hacerlo. Se obliga a seguir sin distancia los por menores, a someterse cada vez más fácilmente a las indicaciones que son capaces de repartir. El mundo entero y los que le sobran.

<<Dime que vas a estar cuando regrese esta noche y promételo sólo de a una que te quedarás a mi lado. No puedo permitirme más proyecciones, ni a ti. Quizá sea injusto que te use aunque ya lo sepas todo, aunque sepas que te estoy usando. No es justo, pero desde aquí no se vislumbra ningún adulto, y los ratos de esparcimiento, en los que evocamos viejas figuras ancestrales no sirven como para dejar en claro los roles>> Recuerda Oscar en trance. Sus labios incapaces de hacer ni el menor movimiento. Recordaba a Julia y lo que le dijo hace un tiempo. Las palabras que no pudo callarse pero que no dijo todas.

Ninguna persona que le viera diría que Oscar era capaz de formular ese tipo de pensamientos. Su apariencia era lamentable. un hilo de saliva corría por la fisura de su boca.

“Vamos construyendo un laberinto y perdiéndonos en él. Somos unos pendejitos tontos y nos vamos a hacer daño. Nos vamos a reventar de dolor. Vamos a llegar tan lejos tras el impulso, tras el golpe. Nos vamos a desarmar y a dejar completamente irreconocibles. Seremos escoria humana. Habremos deseado estar en manos de Hitler en lugar de las nuestras” – Le respondió ella la siguiente noche mientras dormían.

Ningún rezo, ninguna oración que brinde consuelo. Ya está todo hecho, las cartas tiradas y la orilla desde la que nos lanzamos está demasiado lejos como para nadar de regreso. <<Esta vez hazlo bien fuerte> > . Recibía una nueva instrucción desde su abismo.

Llenándose de pena. Se oye un grito terrorífico desde el fondo. Desde donde nadie jamás podrá escuchar. Desde donde las apariencias se guardan y las lágrimas son absorbidas por hadas diminutas, hadas corruptas y llenas de pecas que segregan un líquido mohoso, verde y azulino. Desinfecta e infecta a la vez. Nada es gratuito. Tú les entregas los mejores años de tu vida para que hagan sus experimentos, para ver como reaccionamos ante sus impulsos. Les gustamos, tú y yo les gustamos porque somos escamosos y duramos demasiado. Han creído perdernos un par de veces, nos hemos alejado de su radar por algunas horas pero volvemos. Resilientes.

El chico terminó de extraviarse. Lo encontraron semanas después muerto. Aferra una nota en una de sus manos que ya están frías.

If you need me. Me and Neil ll be hangin out with the Dream King

No God but a Swastika

7

"I'm a marionette" - POP Spring/Summer 2007 (No. 15) - Mert Alas & Marcus Piggott

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